A veces, la materia de la que están hechos los sueños es algo esponjosa, algo nebulosa; a veces su materia es tan gris como la materia del cerebro; pero hay otras veces que su cercanía a la realidad es tan tangible que uno no sabe muy bien si está de un lado o está del otro. Si dejáramos las cosas como están durante algunos años, al volver a visitar esas cosas, quizás no se hayan movido de sitio, quizás hayan desaparecido, pero habrá una diferencia sustancial entre la imagen mental de la última vez y la realidad que se muestra ante nuestra vista. Antes había una casa y un árbol; antes había una habitación con vistas; antes había una estantería pegada a la pared del fondo repleta de libros amontonados sin orden ni concierto; antes, sí, eso era antes, porque ahora la vista sólo deja un despojo del pasado, una imagen carcomida por el olvido. Ahora no queda ni polvo, no queda casa, ni siquiera sus ruinas. Por no quedar, no quedan ni vistas. Queda el árbol.
Acaso quede una historia…
Quedan retazos, retales, jirones, una hebra deshilachada; quedan nostalgia y miedo, rumor de gritos y ese silencio sordo, repiqueteando en la cabeza.
Han pasado veinte años, algo menos de la mitad de su vida. En el tango no eran nada, pero veinte años es una vida, dos décadas, lo que va de Gardel a Piazzola, de la máquina de escribir al pc, y así hasta el infinito.
Sacó el recorte de periódico del bolsillo de la camisa, lo desdobló y miró el nombre del rotativo y la fecha, Diario de Avisos, martes 13 de abril de 1987. Vio su foto dentro del coche de policía intentando esconder la cara del flash. Vio la casa y el árbol y se echó a llorar reprimiendo inútilmente las lágrimas. Recordó el interrogatorio, las esposas a la espalda, el picor en todo el cuerpo, la ducha de agua helada, las preguntas incesantes, los gritos, los llantos, la ausencia, la privación de libertad.
Todo este tiempo quiso escribir para no olvidar, pero decidió olvidar.
Imagen: Anarcos